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“Me dijo ‘apúrate, negro’”

Por Martín Bustamante

Especialista de la Dirección de Políticas para la Población Afroperuana

Las expresiones racistas denunciadas el fin de semana por el futbolista Jhoel Herrera  del Club Real Garcilaso son una nueva muestra de la persistencia de formas de pensamiento racista y de prácticas de discriminación racial en la sociedad peruana. Esto no es novedad. Sin embargo, resulta llamativo el hecho de que, en esta ocasión, el insulto racista es proferido por otro futbolista (Donald Millán, del club Universidad César Vallejo) durante el desarrollo de un partido. Es llamativo porque contrasta con lo que aparentemente habría sido un discurso uniforme de rechazo a los insultos racistas en los estadios de fútbol –y al racismo en general- de toda la esfera futbolística de nuestro país: la Federación Peruana de Fútbol, los clubes, jugadores y ex jugadores, entre otros actores, se han manifestado en contra de estas prácticas en anteriores ocasiones en las que, desde la tribuna, descendieron distintas expresiones racistas hacia los jugadores de fútbol. Así, puede parecer extraño que sea un futbolista quien en este caso ha incurrido en estas prácticas.

Por otro lado, es importante destacar el hecho de que el ofendido acusa el sentido peyorativo con que Millán lo llamó “negro”, mas no el uso de esta palabra en sí mismo. Herrera señala “Yo sé que soy negro […] mi mujer me dice negro y no me molesta”, evidenciando así que el contenido ofensivo no estaría en la palabra; sino en la forma en que ésta se usa; es decir, en el lenguaje no verbal empleado. Sobre esto, existe evidencia que señala que, para la mayoría de la población afroperuana en el país, el uso de una categoría racial de origen colonial –y por tanto, esclavista- como “negro” no resulta necesariamente ofensivo; y, más bien, es la forma en que ésta se usa lo que determinaría la ofensa[1]. En ese sentido, existe una aceptación social de determinada forma de uso de una categoría racial de origen esclavista en nuestros días, la cual convive con formas de pensamiento racista que, en determinadas situaciones, salen a la luz, como sucedió este domingo en el terreno de juego del Mansiche de Trujillo.

Estos hechos, sumados a los antecedentes señalados, evidencian la debilidad y el carácter superficial –además de contradictorio- del discurso de rechazo al racismo en el país. Así, según una encuesta sobre Derechos Humanos realizada en 2013, el 64% de la población nacional considera que el derecho más vulnerado de la población afroperuana es el derecho a no ser discriminado[2], lo cual contrasta con que, según otro estudio recientemente realizado en Lima (2014), el 56% de limeños y limeñas consideró que personajes “cómicos” como el “Negro Mama” no son ofensivos[3] -a pesar de la centralidad de las burlas de corte ‘étnico-racial’ en el contenido de sus diálogos y representaciones-. Este mismo estudio reveló que los grupos más vulnerables a ataques racistas serían la población indígena (63%) y la población afroperuana (48%).

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Los datos citados son evidencia de la existencia de un discurso más o menos generalizado en buena parte de la sociedad nacional que niega al racismo, lo rechaza, y al mismo tiempo no siempre lo reconoce frente a sus ojos.  Se podría pensar en una mayoría de peruanos que, ante la consulta, no se considerarían racistas, y hasta se manifestarían en contra de esta forma de pensamiento –si es que acaso no afirman que ésta constituye un problema ya superado por nuestra sociedad-; sin embargo, son recurrentes las situaciones sociales en las que se evidencia lo contrario. La coexistencia de un discurso antirracista con los constantes episodios de discriminación racial en los estadios de fútbol –solo por mencionar un ejemplo- y la naturalización del uso de categorías raciales de origen esclavista que clasifican a las personas de acuerdo a “razas” –cuando la inexistencia biológica de éstas ha sido probada hace décadas- son solo algunos ejemplos que evidencian la persistencia de formas de pensamiento racista en nuestra sociedad, las cuales se ponen constantemente de manifiesto, aún cuando estas “no ofenden”. Queda así claro que existe aún un problema grande que asumir como sociedad, cuya superación podría empezar con reconocer la existencia de éste para, a partir de eso, tener una reflexión más honesta sobre el asunto en la que cada individuo evalúe sus propias formas de relacionarse con los demás.

 

*La foto que ilustra la nota se encuentra en la muestra Afroperú.



[1] VALDIVIA, Néstor. “<<Negra soy, color bonito>>: el papel de la <<raza>> en la identidad de los afrodescendientes”. En Debates en Sociología N° 39, 2014. PUCP. pp.  73-125.

[2] MINISTERIO DE JUSTICIA Y DERECHOS HUMANOS. Encuesta para medir la opinión de la población peruana en relación con los derechos humanos. 2014.