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El rostro peruano del holocausto

El periodista Hugo Coya, autor del best-seller ‘Estación final’ (Aguilar, 2010), primera investigación periodística realizada con las redes sociales como herramientas y que da cuenta de los 23 peruanos que fueron parte de las víctimas del holocausto, nos plantea una reflexión en torno a este hecho histórico que significó un punto cumbre del racismo y la segregación a la que llegó la humanidad. Este recuerdo, que vive muy presente en la memoria colectiva del mundo, sirve para tomar conciencia de las atrocidades que puede generar un pensamiento que va en contra de los derechos fundamentales de todo ser humano, como lo es el de la vida, a no ser discriminado, y el respeto y valoración de la diversidad cultural.

Alerta Contra el Racismo quiere, de esta manera, rendir un homenaje a las víctimas -alrededor de 6 millones de injustas muertes- que sufrieron los ataques y humillaciones de un pensamiento segregacional y que nos muestra la necesidad de cambiar esta ideología, que se mantiene vigentes en nuestra sociedad y que impide la construcción de una cultura de paz en nuestra sociedad.

Por Hugo Coya:

Ha transcurrido más de siete décadas del inicio de la Segunda Guerra Mundial y tan solo cuatro años desde que llenamos una página de nuestra historia nacional que se encontraba aún vacía: aquella sobre las víctimas nacidas en el Perú que padecieron el holocausto.

Cuando inicié la investigación que permitió establecer que al menos 23 personas nacidas en el Perú estuvieron también en los campos de concentración, lo que derivó en el libro Estación Final, muchas personas me preguntaban sorprendidas, incluso varios miembros de la comunidad más castigada por este terrible episodio ¿por qué alguien que no es judío se interesaba por un tema judío?

Coya Estación

Creo que allí está la verdadera esencia del problema: el holocausto no puede ni debe ser considerado un asunto exclusivamente judío sino un hecho que involucra a toda la humanidad.  Decir que el holocausto es una cuestión judía permite a los demás ignorarlo, no identificarse y, en algunos casos, hasta negarlo.

El holocausto cambió el rumbo de numerosas vidas, numerosas familias, numerosas ciudades, numerosos países y, en general, de la historia del planeta.

A diferencia de los otros años en el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto ahora podemos también, este 27 de enero, rendir homenaje a los 23 hombres y mujeres peruanos que conocieron lo peor del ser humano y, aún así, mantuvieron hasta el último instante su dignidad.

Pero el rostro peruano de este acontecimiento no debe enorgullecernos sino, por el contrario, llamarnos a una profunda reflexión acerca de lo que hizo nuestro gobierno en aquella época y lo que estamos haciendo ahora como país para desterrar el racismo, la xenofobia y la homofobia.

Muchas personas se escudan en el hecho de que el Perú oficialmente era un país neutral o que no sabían nada de las atrocidades nazis ocurridas en Europa, pero como dice el historiador y testigo del holocausto, Joseph Peter Stern: “Los que no sabían, tampoco querían saber, por razones obvias.  Pero el no querer saber significa siempre que se sabe lo suficiente para saber que no se quiere saber”.

Creo que hoy cuando conmemoramos esta fecha, podemos y debemos resaltar la forma en que estas personas enfrentaron el peor instante de sus vidas como Victoria Weissberg, quien es la única persona nacida en el Perú que sobrevivió. Ella, al igual que las otras víctimas, nos dieron una lección que nos debe enorgullecer, en un país donde sobran los homenajes y faltan más héroes.

No cabe duda que existen muchas mentiras en los libros de historia, algunos escritos soslayando hechos, usando medias verdades o, lo que es peor, ocultando acciones que contribuyeron decisivamente a que muchas personas no pudieran salvarse o murieran en el intento por escapar de la Segunda Guerra Mundial.

Pero hoy, en el 2014, es necesario preguntarnos de qué manera estamos educando a nuestros hijos, a nuestros nietos, para eliminar el racismo, la xenofobia y la homofobia a fin de que hechos como los que conmemoramos no se vuelvan a repetir nunca más.

La enseñanza dejada por el holocausto debería ser parte de la currícula en todas las escuelas del país para así mantener viva la memoria de esas millones de víctimas, permitiendo que su sacrificio no haya sido en vano porque la verdadera muerte es el olvido, y el olvido es, muchas veces, el preámbulo de otra catástrofe.