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Nacionalismo, Racismo y Rastros de Diversidad

Luis Escobedo D’Anglés

Profesor e Investigador, Tecnológico de Monterrey

La nación peruana que se está construyendo parece ser más homogénea que diversa. Por un lado, se percibe un proceso de homogeneización cultural en el que predomina o se construye una identidad altamente valorada. Por otro lado, esto se da a costa del sacrificio de identidades percibidas como de menor valor. Sobre estas bases es posible que se desarrollen fenómenos como el racismo. Si bien desde una posición modernista en el debate teórico sobre la nación, los nacionalismos anteceden a las naciones y no al contrario (Hobsbawm 1992), el racismo en el Perú, como ocurre hoy en día, se gesta en el proceso de construcción nacional proyectado por el nacionalismo peruano.

Para Anderson (1991), la nación es una “comunidad política imaginada”. Para Gellner (1983), el desarrollo de una nación va de la mano con la industrialización de un Estado soberano, y con la igualación social y la homogeneización cultural de su población. Luego de que la Independencia del Perú fue concebida entre 1821 y 1824, una élite quedó en el poder con la tarea de imaginar y construir una nación. El nacionalismo que ésta desarrolló es el que Gellner (1983) denomina nacionalismo clásico ‘Habsburgo’: una ‘cultura A’, con poder y acceso a la educación, gobierna sobre una ‘cultura B’, sin poder y sin acceso a la educación. En las primeras décadas de la República, la ‘cultura A’ era una élite hispano-criolla, occidental, de orígenes europeos, y la ‘cultura B’ – o ‘culturas B’ – era un conjunto de culturas rurales, andinas, amazónicas, indígenas, de ascendencia africana y otras. A lo largo del siglo XX, el nacionalismo peruano se convertiría en lo que Gellner (1983) llama nacionalismo clásico liberal: aunque la ‘cultura A’ seguía manteniendo el poder, la ‘cultura B’ ya tenía acceso a la educación.

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En el presente texto, postulamos que el racismo en el Perú, como ocurre hoy en día, se gesta dentro del proceso de construcción nacional. Drinot (2011) indica que el Estado y las élites de comienzos del siglo XX imaginaron una nación peruana industrial, entendiendo industrialización como progreso y civilización. Así, toda identidad que entonces fuera percibida como representación de aquellos valores sería idealizada: lo urbano, occidental, europeo, costeño, limeño, criollo. Toda identidad que fuera percibida como lo contrario, es decir, lo rural, andino, amazónico, indígena, de ascendencia africana y otras, sería transformada, aislada, excluida, eliminada. Esta relación recíproca e inversa en términos estructurales, como la describiría Levi-Strauss (1963; 1969), también motivaría la jerarquización de fenotipos: lo percibido como (más) blanco, (más) claro, o de rasgos (más) europeos, frente a lo percibido como menos blanco, menos claro, de rasgos menos europeos, o ni blanco ni claro ni de ascendencia europea. Pero, si bien al principio eran el Estado y las élites los que imaginaban y construían el Perú, ahora lo hacen de manera similar la mayoría de peruanos. Es así como, en su afán por crear un ciudadano nacional ideal que fuera capaz de industrializar, generar progreso, civilizar, según la visión occidental, los peruanos han venido caminando hacia la construcción de una identidad homogénea a costa del sacrificio de identidades históricamente percibidas como opuestas a la idea de progreso y civilización.

Dentro del marco planteado anteriormente, el racismo, como se practica hoy en día, se habría desarrollado como sentimiento y expresión de la ansiedad y la frustración de muchos peruanos que perciben ciertos factores culturales o étnicos como obstáculos en el camino hacia la construcción de un ciudadano nacional ideal. Por ejemplo, Alejandro Toledo fue un personaje de alto estatus y poder durante su presidencia del Perú. Si los peruanos no lo hubieran percibido de manera racializada, entonces Toledo habría sido, en principio, el modelo de peruano ideal, según la visión nacionalista peruana del siglo XX: se hizo presidente tras su movimiento hacia una identidad urbana, occidental, costeña, limeña, criolla. Por ello, Toledo no representaba el triunfo de una identidad indígena y/o rural sino que occidental y/o urbana. A pesar de ello, desde la visión tan racializada de los peruanos, se le llamaba ‘cholo’. Por un lado, instrumentalmente, incluso con fines políticos. Por otro lado, peyorativamente, como señal del sentimiento y expresión de ansiedad y frustración por haber sido los peruanos representados por un individuo al que percibían visualmente como un ciudadano no totalmente ideal. Desde entonces todo mérito se lo atribuirían a su formación occidental y toda falta a sus orígenes culturales o étnicos.

Finalmente, si realmente se vive un proceso de homogeneización, ¿qué podemos decir sobre aquellos elementos percibidos como parte de la actual diversidad cultural del Perú? Que estos sí forman parte de la identidad de los peruanos. Pero, muchos de ellos lo hacen como ‘traces’ y no como pilares en la construcción de una nación peruana diversa. El término francés trace, propuesto por Derrida (1976) y literalmente traducido al castellano como ‘rastro’, es una unidad constituyente del lenguaje cuya significación depende de los efectos de otros traces (Howarth 2000). Su identidad, por ende, se constituye activamente dentro de un ‘juego de diferencias’ (Derrida 1981). Así, el significado de lo urbano, occidental, costeño, limeño, criollo, hispanohablante, de ascendencia europea, ha dependido de los efectos de su interacción con elementos rurales, andinos, amazónicos, indígenas, de ascendencia africana y otras; y viceversa. Esto explica por qué, a pesar del proceso de homogeneización cultural por el que han pasado los peruanos, elementos de diversidad son visibles e incluso atribuibles al Perú: son traces de su diversidad.

En suma, el nacionalismo peruano ha aspirado hacia la construcción de una nación urbana, occidental, costeña, limeña, criolla, hispanohablante, empleando, transformando, aislando, excluyendo, eliminando, la identidad rural, andina, amazónica, indígena, de ascendencia africana y otras. Sobre estas bases se gesta el racismo del Perú de hoy. Y elementos de diversidad pasan a ser ‘traces’. Sin duda, en el nuevo milenio, visiones sobre la construcción de una nación peruana diversa han empezado a emerger. Sólo nos preguntamos si están los peruanos preparados para moverse hacia una estructura sobre la cual el racismo y otros tipos de discriminación simplemente no son posibles.

Bibliografía

ANDERSON, Benedict, 1991. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Londres: Verso. 2ª Edición.

DERRIDA, Jacques, 1973. Speech and Phenomena, and Other Essays on Husserl’s Theory of the Sign. Evanston, IL: Northwestern University Press.

1976. Of Grammatology. Baltimore, MD: Johns Hopkins University Press.

1981. Positions. Chicago: University of Chicago Press.

DRINOT, Paulo, 2011. The Allure of Labor: Workers, Race, and the Making of the Peruvian State. Durham, NC: Duke University Press Books.

GELLNER, Ernest, 1983. Nations and Nationalism. Oxford: Basil Blackwell.

HOBSBAWM, Eric J., 1972. “Some Reflections on Nationalism”. En T.J. Nossiter, S. Rokkan y A.H. Hanson, eds. 1972. Imagination and Precision in the Social Sciences. Londres: Humanities Press. pp.385-406.

1992. Nations and nationalism since 1780. Programme, myth, reality. Cambridge, UK: Cambridge University Press. 2ª Edición.

HOWARTH, David, 2000. Discourse. New Delhi: Viva Books Private Limited.

LÉVI-STRAUSS, Claude, 1963. Structural Anthropology. Traducido del francés por Claire Jacobson y Brooke Grundfest Schoepf, 1963. Nueva York: Basic Books.

1969. “The Elementary Structures of Kinship”. Traducido del francés por James Harle Bell, John Richard von Sturmer y Rodney Needham, 1969. Boston: Beacon Press. 2ª Edición.