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“Lograr justicia es muy reconfortante”, entrevista a Azucena Asunción, primera denunciante de discriminación racial con sentencia favorable.

Azucena Asunción Algedones es una mujer afroperuana que, cansada de la agresión sistemática que sufría en su centro de labores, decidió denunciar a los altos funcionarios de su centro de labores: la Empresa de Servicios de Agua Potable y Alcantarillado Municipal de Huancayo (Sedam). De esto han pasado tres años y, finalmente, el Segundo Juzgado Penal Liquidador de la Corte Superior de Justicia de Junín le dio la razón y dictó sentencia por el delito de discriminación racial.

Aunque la sentencia se ha dado en primera instancia, para Azucena este primer fallo le da confianza en la justicia, lo que considera su gran aprendizaje de todo este trance: “La justicia existe. Siempre hay que perseverar. Muchas veces lo puedes considerar perdido, pero es necesaria la perseverancia”. De esta forma, Azucena quiere estimular la cultura de denuncia entre las víctimas de discriminación, que en el pasado han preferido no denunciar y callar los insultos y humillaciones que sufren en sus trabajos o en otros espacios donde son. “Esto es un precedente y me gustaría mucho que se revise la ley. La gente no pone la denuncia penal porque no es factible. Por ejemplo, a mí me han dicho cosas irreproducibles, pero no puedes andar las 24 horas con una grabadora para estar grabando, mucho menos en tu centro de trabajo donde tienes tantas cosas que hacer”, explica.

Sumado a la dificultad de presentar pruebas, reconoce que existe un desconocimiento en torno a la problemática, al delito de discriminación, no solo por parte de la población, sino de los propios abogados, pese a estar tipificado en el Código Penal (artículo 323). En su caso, se suman además los nexos entre sus victimarios y el poder en Huancayo: “Cuando hablaba con abogados tampoco es que conocieran mucho del tema. Me decían que haga una denuncia por injuria o simplemente me decían que no podía agarrar el caso porque la señorita, que es la primera que me insulta, es muy allegada a una autoridad de Huancayo, que en ese momento era presidente de la Junta de Empresarios de Huancayo. Entonces estaba muy protegida. Muchas veces los empresarios están en el ámbito político y esas personas con poder protegen”. Sin embargo, se encontró con el abogado Iván Cárdenas, con quien Azucena se encuentra sumamente agradecida: “Busqué abogado y no había hasta que encontré este abogado que conocía el tema; se identificó mucho, no solo como profesional, sino como ser humano”. A partir de esto empezó el trabajo más difícil: la recolección de pruebas. En ese sentido, la asesoría del Ministerio de Cultura, a través de la entonces directora de Diversidad Cultural y Eliminación de la Discriminación Racial, Gabriela Perona, fue fundamental. Así lo explica Azucena: “Comenzamos a armar las pruebas, entre ellas la grabación que tenía. Me comunico con la señorita Gabriela Perona y le digo que en el sistema había salido la foto de un mono y me dijo que le tome foto, que es evidencia. También la declaración del vigilante que corrobora las órdenes de que no se me dejara entrar que fueron dadas por el gerente general de Sedam Huancayo y por el jefe del área de recursos humanos, en este caso es el exgerente Luis Pérez Peralta y el exjefe de recursos humanos de Sedam Huancayo, el señor Augusto Santisteban García”.

Con la sentencia emitida, Azucena sabe que se ha dado un gran paso para lograr justicia en materia de racismo y discriminación. De hecho, este es el primer caso sentenciado por actos discriminatorios con componente racista. Es por eso que Azucena considera que las denuncias deben seguir llegando pues mientras se genera una cultura de denuncia, una que no permita este trato, las cosas pueden cambiar: “Sé que el trecho es espinoso, pero el lograr justicia es muy reconfortante ahora que lo estoy viviendo. Todo el maltrato que se sufre nadie lo borra; todo el maltrato emocional y psicológico y físico no lo van a borrar, pero sí se van a sentir reconfortados. Y poco a poco contribuyamos con nuestras denuncias con un granito de arena para que cada día vivamos en una sociedad donde exista menos discriminación racial”. En ese sentido, la experiencia del proceso, aunque largo y espinoso, la pone en una posición privilegiada para hacer un llamado a quienes sean víctimas de estos lamentables actos para que hagan valer sus derechos: “Un niño cuando nace no nace racista. Nosotros con este tipo de actos hacemos una sociedad racista, con nuestras expresiones en casa, con nuestras acciones de las personas adultas en los colegios es que comienza una sociedad racista. Mi consejo es que terminen estas expresiones que muchas veces las tomamos como broma, estos insultos ordinarios. Hay personas que estos insultos las lastiman, pero por la vergüenza lo hacen chacota; sin embargo, fueron lastimados y discriminados. Ese es el consejo que les doy a todos, que las personas no valen por el color de la piel o por la raza que llevan; valen por ser seres humanos”.

Azucena

Este cambio, considera, se debe dar desde la formación de los niños, que sepan que el racismo es un problema y que no debe ser tolerado: “Debería haber un curso desde inicial sobre la igualdad. Si queremos trabajar la inclusión deberíamos empezar con esos niños para que cuando escuchen ‘serrano’ o ‘negro de m’, el niño diga “papá, por favor, todos somos iguales”, que lo diga un niño de 3, 4 años. Esto no quiere decir que no tengamos que sensibilizar a la población, pero debemos formar nuevas generaciones con mentalidad diferente. Si yo estoy en contra y me choca emocionalmente, ¿te has puesto a pensar en cómo será para un niño un insulto, un maltrato, una discriminación?, a un niño que no tiene la madurez emocional… Tenemos mucho que hacer como seres humanos, como Estado”.

El proceso le ha enseñado, además, que no se debe tolerar estos actos para ‘evitarse problemas’, sino todo lo contrario, que hay que enfrentarlo desde el inicio para poder encontrar solución y justicia: “La moraleja que me ha dejado esto es que las acciones se toman desde el inicio, que no puedes dejarte maltratar pensando que mejor no dices nada, que quieres trabajar tranquila y no involucrarte en cosas legales y demás”.

Esta primera sentencia y el tiempo que demoró en emitirse resultan sintomáticos de lo difícil que puede ser conseguir justicia en estos casos. Esto lo sabe Azucena, que nunca bajó los brazos, pero que entiende que la dificultad está en el propio sistema de justicia, mas no en la voluntad de las personas que trabajan para que esta problemática termine: “Estoy muy contenta por la ayuda del Ministerio de Cultura, de Gabriela Perona; de la Defensoría del Pueblo, de Adolfo Ibarra; del señor Pablo Mercado, Coordinador Regional Regional del CONADIS-Junín. Ha habido gente muy identificada con el caso como Cecilia Ramirez, directora de CEDEMUNEP. Mi abogado, el Dr. Iván Cárdenas, que es tan probo. Lamentablemente las instituciones del Estado, en lo que se refiere a discriminación racial, tienen muchas limitaciones para poder intervenir o para actuar en estos casos, como también tiene limitaciones la ley”.

Si bien es cierto aún nos queda un largo camino que recorrer en la lucha contra el racismo y la discriminación, esta primera sentencia –que esperamos se ratifique en segunda instancia- abre una luz de esperanza en torno a la justicia y a las sentencias condenatorias contra las personas o instituciones que incurran en este delito. El caso de Azucena así lo viene demostrando.